jueves, marzo 12, 2009

Casilda Rodrigañez: Xenofobia con apariencia científica: más mentiras

No es ninguna novedad que la identificación de árabes = terrorismo está siendo propagada para justificar la guerra por el petróleo.  Hace unos días en una entrevista en la televisión, Eduard Punset aportó su granito de arena con varias mentiras, dos de ellas importantes, de apariencia científica.
 1)  Dijo Punset que la adquisición del bipedismo, que está en el origen de la especie humana, comportó un estrechamiento de la pelvis que hacía imposible el nacimiento; esta contradicción se resolvió con el nacimiento prematuro, uno o dos años antes de finalizar la gestación.  La necesidad de cuidar al prematuro trajo a su vez consigo la monogamia, porque hizo necesaria la ayuda del padre para ese cuidado.  Todo esto ocurrió, según Punset, hace 150.000 años.
 La monogamia no es ni siquiera una característica de la civilización patriarcal que comenzó hace 4/6000 años.  No hay más que coger la Biblia (con historias de hace aproximadamente entre 4 y 2.100 años) para comprobar que todos nuestros santos patriarcas eran polígamos.  La monogamia pertenece únicamente a una de las recientes subculturas del patriarcado;  su generalización comenzó con el imperio romano y prevaleció gracias a su capacidad de destrucción del tejido social propiamente humano, y la mayor violencia y dominación que es capaz de promover. 
Por otra parte, la especie humana no apareció hace 150.000 años sino por lo menos un millón y medio de años;  la contradicción del estrechamiento de la pelvis (y otras como la de bombear la sangre desde los pies a la cabeza en posición vertical) se resolvieron, efectivamente, pues si no nuestra especie no hubiera aparecido, pero no solo con el nacimiento prematuro, sino además con un importantísimo desarrollo de la fisiología de la sexualidad para accionar el dispositivo del parto (la apertura de una bolsa uterina firmemente cerrada por haces musculares para resistir a la fuerza de a gravedad, y el tránsito por el canal de nacimiento), un desarrollo que no tiene parangón en la cadena evolutiva.
Tampoco es cierto que la monogamia comportara más ayuda para la madre: en primer lugar, la mujer no estaba sola, puesto que hasta hace relativamente poco tiempo los humanos vivíamos en grupos, apiñados como las capas de las cebollas, en el centro las criaturas con las madres, luego las otras mujeres, luego los hombres y por el medio fluctuando la infancia, l@s ancian@s etc., (la misma estructura que cuenta Wagner de los delfines), capa sobre capa, todos bien pegaditos y arrejuntaditos (la cama individual es un invento muy reciente); y no de dos en dos como ahora; lo que sí se desarrollaron fueron los vínculos entre mujeres para ayudarse en la tarea común de cuidar a las criaturas (Martha Moia) y el apoyo mutuo intragrupal (hombres y mujeres), una adaptación cultural del modelo de la cebolla al nacimiento prematuro.  La antropología ha probado que un 'sistema de identidad grupal' fue la característica de la humanidad  hasta la civilización patriarcal, que con su organización vertical y la economía patrimonial, fue promoviendo la aparición de un progresivo sistema de identidad cada vez más individual (nunca ha sido tan individualista como ahora lo es).  La verdad es lo contrario, la monogamia le quitó a la madre la ayuda, tras triturar literalmente el tejido social.
Las culturas patriarcales se llaman así porque llevan inherente la dominación del hombre sobre la mujer y su apropiación de la maternidad, de diferentes maneras y con diferentes tipos de violencia.  Han habido y siguen habiendo culturas patriarcales poligámicas; también otras, como la japonesa, que separaron convenientemente la sexualidad (de los hombres)  y la reproducción, organizando para lo segundo el matrimonio y para lo primero el sistema de geishas y otras agrupaciones de mujeres cuyo refinamiento iba en consonancia con la clase social de los hombres en la jerarquía social; ambas instituciones (la de la reproducción y la del sistema de geishas) gozaban de un mismo reconocimiento y respeto, y de una misma consideración moral. Estas culturas poligámicas son culturas patriarcales menos devastadores de la sexualidad maternal de las mujeres y de las criaturas que las monogámicas. Todas las culturas patriarcales han sido acompañadas de todo tipo de barbaridades  y atrocidades; sólo que se silencian unas y se destacan otras según la conveniencia del paradigma actual.  La violencia interiorizada de la mujer monogámica es tan devastadora y dolorosa como invisible.
2) La segunda parte del relato de Punset es todavía más falaz,  pues tras afirmar que la monogamia está asociada a la aparición de la especie humana (saltándose a la torera todas las evidencias del registro histórico), añadió que la poligamia (un hombre con varias mujeres), aunque también existe porque es más natural,  es peor porque hace que haya hombres que se queden sin mujeres, y como el hombre no puede vivir sin una mujer, entonces se dedica a poner bombas y se convierte en un terrorista.  Ante esta sorprendente ecuación (poligamia=terrorismo) no he podido por menos que recordar el discurso de James DeMeo en el Congreso del aniversario de Reich (Valencia noviembre 2006) en el cual sostuvo que los árabes tienen un carácter genéticamente violento debido a un cambio climático producido 4000 años antes de nuestra era, el cual forjó el acorazamiento de la raza: es decir, se trata de racismos de nuevo cuño que asocian ciertas etnias o culturas (que por casualidad son árabes) a ciertas características terroristas.
El Islam respalda la poligamia porque tiene más en cuenta la sexualidad cíclica de la mujer y el periodo de crianza, y por eso contempla la permisividad moral de que un hombre tenga hasta cuatro mujeres, para  que, si puede, tenga siempre una mujer disponible.  Es una de las culturas promovidas por el patriarcado que comparativamente es menos hipócrita que la monogamia judeocristiana (¿sabe alguien que en el Concilio de Constanza (1414) había 1500 prostitutas para entretener a los prelados?), y no está claro que sea peor que la monogamia.  Como ha señalado Michel Odent, la evidencia histórica es que la monogamia trajo consigo la desaparición o reducción importante de la lactancia, el déficit de prolactina en el organismo humano y en el tejido social; es decir, una devastación de la sexualidad en el núcleo mismo del modelo de la cebolla.
Desde esta perspectiva, y contrariamente a lo que dice Punset,  la monogamia trajo una mayor capacitación para la violencia porque arrasa todavía más la sexualidad humana maternal, femenina y primal.  La correlación entre la violencia y la falta del placer corporal en las mujeres y en la infancia la estableció James W. Prescott en su famoso estudio (1975) Body pleasure and the origins of violence, y recientemente la neurobiología la ha confirmado.
Por último señalar otro aspecto muy preocupante del relato de Punset, puesto que arrancó con el reconocimiento de que naturalmente no somos monógam@s, con lo cual todo el desarrollo posterior no fue más que una adhesión al clásico discurso patriarcal sobre la malignidad de la sexualidad, que justifica la civilización contra natura. 
        Casilda Rodrigáñez, La Mimosa,  febrero 2009

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